La doctrina del "excepcionalismo humano" ha moldeado la metodología científica, aunque ya sabemos que las especies no humanas poseen un grado suficiente de racionalidad. La investigación comparada ha tendido históricamente a preguntar si un animal posee una capacidad como la humana, en lugar de investigar cómo la evolución ha moldeado esa capacidad funcional en el nicho ecológico de la especie. Esto se manifiesta en sesgos específicos:

  1. CHAUVINISMO MECANICISTA. Es la tendencia a rechazar la competencia animal, incluso si el desempeño es comparable o superior al humano, si el mecanismo cognitivo subyacente difiere del modelo humano. Implica desestimar la validez de las capacidades si la ruta neural o conductual es diferente.
  2. OMISIÓN AUXILIAR. Es la tendencia a asumir que un fallo de rendimiento en una tarea experimental indica la falta de la capacidad cognitiva deseada, sin evaluar si factores auxiliares específicos de la especie (como limitaciones sensoriales, motivacionales o de memoria de trabajo) están obstaculizando su manifestación.

Un ejemplo claro de este sesgo es la investigación sobre la sobreimitación, un proceso de imitación de alta fidelidad que se cree crucial para la cultura acumulativa humana. Cuando los grandes simios no logran sobreimitar, este resultado negativo se describe como un "fracaso" de su parte. Sin embargo, dado que la sobreimitación es la imitación de acciones irrelevantes para lograr la meta, este "fracaso" podría interpretarse como evidencia de que los animales optan por la solución más eficiente.

Cuatro Dicotomías Clásicas: Instinto, Conciencia, Cultura y Lenguaje

Históricamente, el instinto sirvió como la antítesis de la razón humana, operando como una explicación comodín para capacidades complejas y adaptativas que no parecían resultar del aprendizaje (como el instinto migratorio o maternal). La crisis de este concepto se remonta al debate entre la etología clásica europea, liderada por Lorenz, y la psicología comparada americana, representada por Schneirla.

Para él, el estudio del comportamiento animal debe evitar las dicotomías abstractas (innato vs. adquirido) y centrarse en los procesos de desarrollo.

Schneirla argumentaba que el concepto de instinto, que implicaba una línea discreta entre lo innato y lo adquirido, imponía un efecto amortiguador sobre la investigación del desarrollo.

La investigación moderna, basándose en el paradigma de los Sistemas de Desarrollo y la epigénesis, ha desmantelado las dicotomías rígidas. Los comportamientos complejos y adaptativos, como la migración o el pastoreo, no están "preprogramados" o "cableados" rígidamente. Más bien, los comportamientos específicos de la especie se desarrollan bajo la guía de experiencias típicas que ocurren dentro de contextos ecológicos confiables. Ambos coexisten y conviven, lo innato y lo adquirido.

La autoconciencia y el reconocimiento en primates.

El argumento de la superioridad humana ha dependido históricamente de negar la conciencia, la autoconciencia y la planificación futura en otros animales. Existe evidencia científica que establece que una amplia gama de animales son seres sintientes, capaces de experimentar sentimientos que les importan. Esta perspectiva se alinea con la visión de Darwin, quien argumentó una continuidad emocional entre humanos y otras especies, basándose en el uso similar de músculos faciales, vocalizaciones y movimientos corporales para indicar emociones como miedo, ira o dolor. Las diferencias emocionales se ven como cuestiones de grado y no de tipo.

La investigación neurobiológica moderna apoya esta continuidad. Los humanos y algunos primates superiores comparten estructuras cerebrales y neuroquímicas similares, lo que sugiere que las diferencias intelectuales y emocionales son más de grado que de tipo, como demostraron sistemas similares al Facial Action Coding System (FACS), adaptado a diversas especies animales para caracterizar las expresiones faciales de dolor y emociones positivas o negativas en mamíferos no humanos, incluyendo perros, gatos, caballos, vacas y primates. La observación de expresiones faciales de animales no humanos evoca respuestas regionales en el cerebro humano, incluyendo aquellas asociadas con la atribución de emociones en humanos. De hecho, el cerebro distingue posturas corporales socialmente relevantes de manera similar en perros y humanos.

La autoconciencia, tradicionalmente evaluada mediante la Prueba del Reconocimiento en el Espejo, fue considerada durante mucho tiempo un rasgo exclusivo de grandes simios y cetáceos (delfines). Sin embargo, la evidencia ha demostrado que esta capacidad ha evolucionado de manera convergente en taxones muy diversos. El hallazgo en el pez lábrido limpiador, una especie muy distante filogenéticamente, ha forzado una "re-evaluación importante" de las teorías de exclusividad.

Otros animales sociales como chimpancés, bonobos, orangutanes, gorilas (en algunas instancias), elefantes asiáticos y urracas han mostrado evidencia. La investigación sugiere que existe una correlación entre la socialidad y la autoconciencia, en línea con la hipótesis de la inteligencia social. Solo los animales sociales han demostrado consistentemente el autorreconocimiento, mientras que las especies completamente solitarias estudiadas hasta ahora parecen carecer de este rasgo.


La capacidad de planificación y previsión, vista como una hazaña cognitiva avanzada, también ha demostrado ser compartida. En los grandes simios hay "poca duda de que nuestros parientes más cercanos poseen tal habilidad". Estudios rigurosos con primates han utilizado controles para descartar que la previsión sea resultado de puro aprendizaje asociativo, lo que sugiere la existencia de genuinas habilidades cognitivas de planificación. Además, las dificultades de planificación en humanos (niños y adultos) en tareas inspiradas en chimpancés (como se ve en el primer link de esta entrada) están relacionadas con componentes temporales o esfuerzo cognitivo, lo que apoya la idea de que la planificación es una habilidad continua, no una invención humana absoluta.

La cultura, definida como patrones de comportamiento e información socialmente heredados, incluyendo tradiciones específicas de grupo, está ampliamente documentada en el reino animal, aunque aún exista popularmente una separación, por ejemplo: la casa del hornero argentino es natural, la casa del ser humano es artificial o producto de la cultura. 

   Se pueden dar más ejemplos complejos: se encuentra en primates, cetáceos, aves, peces, e incluso insectos. El aprendizaje social es el mecanismo subyacente para la transmisión cultural. Los delfines mulares son capaces de una mímica vocal y conductual tan rica que se ha sugerido que "imitan mejor que los simios". La cultura no se limita a la adquisición de herramientas o forrajeo. Se ha documentado la transmisión cultural de patrones de socialidad, como la emergencia de una "cultura pacífica" en babuinos. El uso y fabricación de herramientas se ha documentado en múltiples taxones, incluyendo la percusión con piedras en chimpancés y el uso de herramientas en depredadores invertebrados. La investigación se centra en si el comportamiento implica anticipación y conocimiento funcional de la herramienta.

Sintaxis composicional en la comunicación aviar.

La complejidad y el poder generativo del lenguaje humano han sido tradicionalmente el pilar más fuerte del excepcionalismo. Sin embargo, la investigación en sistemas de comunicación animal ha revelado paralelos intrigantes con los componentes fundamentales del lenguaje: sintaxis y semántica. Investigaciones recientes sugieren que algunas especies han evolucionado tanto sintaxis como semántica, e incluso pueden integrarlas para generar mensajes compuestos.

Las secuencias de llamadas de las Tetas, unas aves japonesas, cumplen los criterios de sintaxis composicional: una regla de ordenación de llamadas funciona para definir una estructura generada sintácticamente que transmite un mensaje composicional. Las llamadas constituyentes se asocian con comportamientos de escaneo o acercamiento, algo similar a verbos en el lenguaje humano. Estas aves son capaces de extraer un significado composicional de secuencias artificialmente generadas (ej., una llamada de alerta con una llamada de reclutamiento heterospecífica), pero sólo si las llamadas se combinan siguiendo su propia regla de ordenación.

Las combinaciones de llamadas significativas a veces resultan en mensajes no composicionales (secuencias idiomáticas). Una secuencia idiomática se define si está compuesta por elementos significativos, pero la respuesta del receptor no depende de los significados de los elementos constituyentes. Esto refleja una disociación entre sintaxis y semántica. Distinguir entre expresiones composicionales y secuencias idiomáticas es desafiante, ya que la distinción depende de si los receptores evalúan los significados de los elementos componentes.

Otro precursor es la comunicación semántica basada en secuencias y la conciencia de la audiencia documentada en primates no humanos y aves. Estos hallazgos sugieren que el origen del lenguaje fue resultado de múltiples transiciones graduales de formas de comunicación y cognición social preexistentes, en lugar de un "rediseño repentino".

El lenguaje humano posee propiedades como la arbitrariedad, la discreción y el desplazamiento (la capacidad de referirse a un elemento ausente en espacio o tiempo). El desplazamiento había sido considerado un verdadero distintivo de la comunicación referencial. Sin embargo, estudios recientes, a menudo ajustando la metodología, han demostrado que chimpancés y bonobos son capaces de realizar referencia dislocada a objetos ausentes o desplazados. Los hallazgos contradictorios anteriores probablemente se debieron a diferencias metodológicas.

La creencia en la separación ontológica entre Homo sapiens y el mundo animal se ha cimentado en la supuesta posesión exclusiva de la razón, una distinción que se remonta a la filosofía griega que sentó las bases para el excepcionalismo humano (o "antropocentrismo", "humanocentrismo", "especismo" y "supremacismo humano"): la idea de que tenemos un valor que no puede ser reclamado por otras especies. Sin embargo, somos uno más de los biomas a los que llamamos animales.

Para una comprensión general del planteamiento que esto significa en Psicología, se recomienda leer el marco desde el cual divulga Homínido.


Referencias: