El hornero argentino (Furnarius rufus) es frecuentemente citado como el "arquitecto de las aves" debido a su nido de barro altamente sofisticado. Se construye utilizando una mezcla de arcilla, fibras vegetales y estiércol, una combinación idéntica en principios y materiales a la técnica de adobe empleada por las poblaciones humanas en zonas rurales y suburbanas. La percepción de que el nido del hornero es "natural" y la casa de adobe humana es "artificial" es el resultado de un sesgo que ignora la paridad técnica entre ambos procesos.


Investigaciones han demostrado que la orientación del nido cambia según la región y el clima local: en períodos fríos, los nidos tienden a orientarse hacia el noroeste para capturar la radiación solar, mientras que en zonas húmedas, se orientan hacia el este para facilitar el secado rápido tras las lluvias. Este nivel de respuesta adaptativa al medio ambiente es indistinguible de la planificación arquitectónica humana orientada a la eficiencia energética.

Si se argumenta que el nido del hornero es natural porque su diseño es "instintivo", se ignora la variabilidad observada en el comportamiento de construcción de la especie y el hecho de que muchas técnicas humanas "artificiales" son adaptaciones biológicas que han sido refinadas a lo largo de milenios mediante el ensayo y error en contextos ecológicos específicos. El ser humano, al igual que el hornero, combina materia disponible cumpliendo una función biológica de protección y cría. Esta ave, a su vez, posee conductas que sólo creíamos humanas en cuanto a seducción, basadas en la estética y el hogar.

Una de las críticas más persistentes contra la actividad humana es que "interviene" en la naturaleza, a menudo de forma negativa. Sin embargo, la historia de la vida en la Tierra demuestra que la modificación drástica y catastrófica del medio ambiente es una propiedad fundamental de los sistemas biológicos, no una invención humana. 

Los jabalíes y chanchos asilvestrados pueden devastar ecosistemas enteros al arrancar plantas y perturbar el suelo, provocan erosión y cambios en el flujo de agua y ponen en riesgo la disponibilidad de recursos para su propia especie y otras. Los Rumiantes (Ganadería bovina) generan grandes cantidades de metano, un gas de efecto invernadero que contribuye significativamente al calentamiento global. La expansión masiva de estas poblaciones está alterando el clima global, lo que representa una amenaza a largo plazo para todos los ecosistemas, incluido el suyo. Pero se alega que el ser humano es el único organismo capaz de hacerlo a escala global. Esto es así, pero no exclusivo.

Hace aproximadamente 2.400 millones de años, la evolución de la fotosíntesis oxigénica en las cianobacterias desencadenó lo que se conoce como la Gran Oxidación. Antes de este evento, la atmósfera terrestre era anóxica y estaba compuesta principalmente por gases reductores como el metano. Las cianobacterias comenzaron a liberar oxígeno gaseoso como subproducto de su metabolismo, lo cual fue inicialmente absorbido por los océanos y los minerales superficiales antes de saturar la atmósfera. 

Este proceso tuvo consecuencias globales devastadoras para la biósfera existente. El oxígeno era altamente tóxico para los organismos anaerobios que dominaban el planeta, se produjo la primera gran extinción masiva de la historia. Esto forzó el desarrollo del metabolismo aeróbico, que es mucho más eficiente energéticamente y permitió la evolución de la vida multicelular compleja. 

Esta intervención biológica masiva es estructuralmente idéntica al impacto antropogénico contemporáneo. Las cianobacterias no "planearon" cambiar el clima, simplemente proliferaron gracias a una innovación técnica (la fotosíntesis) y sus desechos metabólicos transformaron el planeta. De igual modo, la humanidad utiliza su innovación técnica (la combustión de hidrocarburos) para proliferar, y sus desechos metabólicos de CO2 están transformando el clima actual. La escala del impacto humano es geológica, pero el mecanismo es estrictamente biológico.


El paleontólogo Peter Ward ha propuesto la "Hipótesis de Medea" como un contrapunto a la Hipótesis de Gaia. Mientras que Gaia sugiere que la vida tiende a mantener condiciones habitables, Medea argumenta que la vida es inherentemente autodestructiva y que, a través de sus propias innovaciones y sobreexplotación de recursos, tiende a provocar colapsos ambientales y extinciones masivas. Desde esta perspectiva, la crisis ambiental actual causada por los seres humanos no es una "anomalía artificial", sino una manifestación recurrente de la dinámica biológica terrestre. La vida empeora las condiciones para sí misma a través de procesos como la Gran Oxidación o el agotamiento de recursos, lo que eventualmente abre paso a nuevas formas de complejidad que surgen de las cenizas del colapso anterior.

Un argumento común para separar lo artificial de lo natural es que los productos humanos "no existen en la naturaleza". Sin embargo, esta afirmación a menudo se basa en una definición provinciana de "naturaleza" limitada a la superficie de la Tierra y a las condiciones de presión y temperatura estándar. La exploración astrofísica y la astroquímica revelan que muchos de nuestros inventos más avanzados tienen análogos naturales en las profundidades del espacio y en el pasado geológico del planeta.

El hierro meteorítico, utilizado por las culturas antiguas mucho antes de la invención de la fundición, es una aleación natural de hierro y níquel que se formó en los núcleos de protoplanetas durante la infancia del sistema solar. Estos metales existen en fases cristalinas como la kamacita y la taenita, las cuales no se encuentran de forma nativa en la corteza terrestre debido a la oxidación, pero son comunes en el cosmos. Incluso aleaciones exóticas como el electrum (oro y plata) ocurren de forma natural en la Tierra. La suposición de que una aleación compleja no podría existir sin la intervención humana es una limitación del conocimiento, no de la naturaleza. No sabemos si en planetas con condiciones extremas de presión y temperatura existen aleaciones que nosotros apenas estamos empezando a sintetizar en laboratorios de materiales.

Durante décadas se creyó que los quasicristales, con simetrías de rotación prohibidas (como la de cinco puntas, similar a un balón de fútbol), eran imposibles de encontrar en la naturaleza y sólo podían ser creadas mediante enfriamientos ultra rápidos en un laboratorio. Sin embargo, el descubrimiento de icosahedrita en el meteorito Khatyrka demostró que estas estructuras se forman de manera natural durante colisiones catastróficas entre los cuerpos del cinturón de asteroides. Quizás el ejemplo más contundente de tecnología "natural" sea el descubrimiento de reactores de fisión nuclear espontáneos en Oklo, Gabón. Este hallazgo desmanteló la creencia de que la energía nuclear era un logro exclusivo del ingenio humano iniciado con el proyecto Manhattan. Incluso el láser tiene una versión natural en el espacio. Ocurren naturalmente en nubes moleculares, cometas y atmósferas estelares.

Si extendemos el argumento hacia el campo de la inteligencia y los procesos mentales, la distinción entre "social construct" y "natural" también comienza a desmoronarse. La inteligencia artificial no es una entidad ajena a la vida, sino una extensión de la capacidad de la naturaleza para diseñar sistemas de procesamiento de información cada vez más complejos. La idea de que las máquinas son artificiales mientras que las mentes son naturales ignora que ambas dependen de sustratos materiales (silicio o neuronas) que obedecen a las mismas leyes de la termodinámica y el procesamiento de señales. El sentimiento de que la tecnología nos aleja de la naturaleza es, en sí mismo, un producto de la "distincción artificial": al creer que somos diferentes, actuamos de maneras que no tienen "seguimiento" o armonía con los ciclos biológicos, creando la propia artificialidad que denunciamos.

Qué dice la psicología

El conductismo radical rechaza cualquier forma de dualismo (como la separación entre mente y cuerpo o entre lo "natural" y lo "artificial"), sosteniendo que existe un sólo mundo físico regido por leyes naturales. No hay una ruptura ontológica entre lo que hace un animal y lo que hace un humano. Skinner propuso que todo comportamiento -y sus productos- se explica mediante un único modo causal llamado selección por consecuencias. Este proceso ocurre en tres niveles que forman un continuo natural:

  • Filogenia (Selección Natural): explica comportamientos como el del hornero, cuya habilidad para construir nidos ha sido seleccionada biológicamente a lo largo de eones porque favorece la supervivencia de la especie.
  • Ontogenia (Refuerzo): explica cómo un individuo (humano o no humano) aprende a manipular su entorno basándose en las consecuencias inmediatas de sus actos.
  • Cultura: explica las prácticas humanas complejas. Para un conductista, una casa de adobe humana es el resultado de una historia de refuerzos sociales y transmisión de técnicas que han demostrado ser eficaces para el grupo.

La distinción entre "natural" y "artificial" es simplemente una convención lingüística (una respuesta verbal) que aprendemos según quién organiza las consecuencias. 

Hablamos de selección natural cuando las contingencias de supervivencia son dispuestas por el entorno sin intervención humana. Hablamos de selección artificial cuando un ser humano (como un profesor, un criador o un ingeniero) interviene deliberadamente para reforzar ciertas conductas o resultados. 

Sin embargo, Skinner aclara que esta distinción es "irrelevante" en un sentido profundo, ya que la selección cultural es necesariamente una forma de selección "artificial" que sigue operando bajo las mismas leyes físicas del refuerzo. La tecnología humana, por tanto, no es algo ajeno a la naturaleza, sino una extensión de los procesos evolutivos y de aprendizaje.



El conductismo radical despoja al ser humano de su "excepcionalismo". No somos agentes libres que intervienen en la naturaleza desde fuera; somos parte de la naturaleza. La conducta humana (incluyendo la industrialización) son eventos naturales, similares a mareas o procesos químicos, que simplemente "suceden" debido a una historia evolutiva y ambiental previa. Si una máquina o un material nuevo es creado por un humano, es una manifestación de la naturaleza a través del comportamiento de ese organismo. 

La creencia de que el ser humano es un creador independiente (distinto del resto de los animales) es una ilusión. En realidad, el entorno "moldea y mantiene" nuestro comportamiento; nosotros no iniciamos la acción desde un vacío "artificial", sino que el ambiente actúa sobre nosotros para que transformemos la materia.

La distinción ontológica entre lo natural y lo artificial funcionó como eje del pensamiento occidental desde la Ilustración, se fundamenta en la premisa de que la cultura humana es una categoría externa a la naturaleza, una "segunda naturaleza" que interviene, modifica o incluso pervierte un orden preexistente. El lenguaje, por ejemplo, designa de diferente manera a las partes de un animal como si nosotros fuéramos otra cosa: patas y cogote, en lugar de piernas y cuello, etc. Sin embargo, un análisis exhaustivo desde la antropología de la ciencia, la biología evolutiva y la astroquímica sugiere que esta demarcación no sólo es arbitraria, sino que oscurece la comprensión fundamental de la realidad. El ser humano es un animal natural, sus productos -desde la arquitectura de adobe hasta los reactores nucleares y las aleaciones metálicas- no son más que expresiones naturales.

Latour argumenta que "nunca hemos sido modernos" porque la separación absoluta que define a la modernidad nunca ocurrió realmente fuera del discurso ideológico. En lugar de una ruptura con el pasado premoderno, donde humanos y no-humanos coexistían en una red de relaciones, la modernidad simplemente ocultó estas conexiones bajo un velo de especialización científica y política. Para superar este estancamiento, es necesario adoptar una perspectiva "no-moderna" o "amoderna" que reconozca que no existen dominios separados, sino un único mundo de naturalezas-culturas entrelazadas.

El concepto de "naturecultures", introducido por Donna Haraway, propone que la naturaleza y la cultura no pueden ser separadas sin perder la esencia de ambos términos. En lugar de ver a la tecnología como una imposición sobre un mundo biológico pasivo, Haraway sugiere que estamos rodeados de ensamblajes de especies compañeras y simbiosis técnicas que desafían la excepcionalidad humana. Esta visión disuelve la jerarquía donde el ser humano es visto como el "maestro de la naturaleza" y lo sitúa nuevamente dentro de un tejido multispecies de agencia y poder. La categorización del ser humano como una entidad separada de la naturaleza ha sido descrita como una estrategia de "imperio" y disciplina, un mecanismo de control que justifica la explotación de otros sistemas biológicos bajo la etiqueta de "lo externo".

Esta disolución de fronteras tiene implicaciones profundas para la comprensión del "artefacto". Si un castor modifica el flujo de un río para construir un dique, se acepta como un proceso natural impulsado por la selección natural. Si un ser humano construye una represa, la taxonomía moderna lo etiqueta como artificial. Sin embargo, en ambos casos, un organismo utiliza su inteligencia biológica para reconfigurar la materia física en beneficio de su supervivencia o reproducción.



Desde la biología evolutiva, el concepto de "fenotipo extendido" de Richard Dawkins ofrece una herramienta fundamental para desmantelar la barrera entre lo orgánico y lo inorgánico. Dawkins sostiene que el fenotipo de un gen no debe limitarse a la síntesis de proteínas dentro de una célula o al desarrollo de un tejido corporal, sino que abarca todos los efectos que ese gen tiene sobre el mundo exterior. Esto incluye las construcciones arquitectónicas de los animales, como las casas de las larvas de caddis o los diques de los castores, las cuales son tan fundamentales para el éxito reproductivo como lo es el pelaje o la visión.

A pesar de la potencia de esta idea, el propio Dawkins introduce una limitación al excluir la arquitectura humana del fenotipo extendido, argumentando que no existe una correspondencia directa entre los alelos específicos de un arquitecto y el diseño de un edificio. No obstante, críticos de esta visión, como los defensores de la Teoría de la Construcción de Nicho, señalan que esta exclusión es arbitraria y se basa en una definición restringida de la herencia que sólo considera el ADN nuclear. La herencia ecológica y cultural permite que los artefactos humanos se acumulen y evolucionen de una manera que modifica las presiones selectivas de la especie, cerrando el círculo de la coevolución gene-cultura.












La Teoría de la Construcción de Nicho propone que la evolución es un proceso de causalidad recíproca. Mientras que el entorno selecciona a los organismos más aptos, los organismos, a su vez, modifican activamente su entorno, alterando así las presiones de selección que actuarán sobre ellos y sobre otras especies que comparten ese nicho. Esta estructura demuestra que los sistemas artificiales son, en realidad, sistemas de herencia ecológica. Las ciudades y las tecnologías no son "ajenas" a la evolución humana, sino que son la base sobre la cual se ha desarrollado nuestra inteligencia técnica y social. Por ejemplo, la práctica cultural del pastoreo de ganado lácteo generó un recurso ambiental estable que ejerció una presión selectiva para la persistencia de la lactasa en ciertas poblaciones humanas que interactúa directamente con el patrimonio genético natural.

Acá un video al respecto:



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