Más allá del recurso estilístico cuasi poético del título de este artículo, la indagación sobre la naturaleza de la comunicación, el lenguaje, la lengua y el idioma es uno de los desafíos intelectuales más profundos de las ciencias cognitivas, la lingüística teórica y la biología evolutiva. El análisis sistemático de estos conceptos requiere no sólo de un deslinde terminológico preciso, sino una inmersión en la historia de la filosofía, la neuroanatomía comparada y la etología cognitiva para comprenderlo.
Para partir de la distinción entre comunicación, lenguaje, lengua e idioma es necesario consensuar algunas definiciones; así, llamamos comunicación al proceso de transmisión de información entre un emisor y un receptor a través de un código compartido y un canal específico (para reducirlo al máximo). Existe desde las señales químicas de las bacterias hasta las complejas interacciones sociales de los cetáceos. La lengua, en cambio, es el sistema específico de signos lingüísticos adoptado por una comunidad de hablantes. Según el modelo estructuralista de Saussure, es un acervo de imágenes verbales almacenadas en la memoria colectiva que requiere del habla para manifestarse, pero va un poco más allá. El término idioma añade una dimensión política y administrativa a una lengua que alcanzó un estatus de oficialidad en un territorio y cuenta con una estandarización gramatical y ortográfica y suele estar vinculada a la identidad nacional de un Estado.
Pero en esta búsqueda tenemos que centrarnos en el lenguaje, el cual permite la expresión de pensamientos y emociones mediante sistemas de signos. Es una capacidad que faculta al individuo para la simbolización y la abstracción. Incluye el escrito, icónico, kinésico y las lenguas de signos, que poseen la misma complejidad estructural y neurológica que las lenguas habladas. Requiere "doble articulación" y "recursividad", por eso muchos campos científico-filosóficos establecieron una barrera que excluía a cualquier otro sistema de comunicación no humano.
Esta delimitación fue la base del antropocentrismo lingüístico, que considera al ser humano como el único poseedor de un sistema capaz de generar infinitos mensajes a partir de unidades finitas. Pero no es del todo así: tiene sus raíces en la filosofía clásica y se mantuvo como un dogma central en la cultura occidental. Aristóteles, en su Política, sentó las bases de esta distinción al afirmar que "el hombre es el único animal que tiene palabra" (logos). En el siglo XVII, Descartes radicalizó esta postura con su doctrina del "animal-máquina". En su Discurso del método, argumentó que los animales carecen de pensamiento porque no poseen lenguaje. Sostenía que, aunque algunos animales pueden ser entrenados para proferir palabras, como los loros, no demuestran que piensan lo que dicen, a diferencia de los seres humanos, quienes, incluso en condiciones de privación sensorial extrema, encuentran medios para comunicar sus pensamientos. El lenguaje era la prueba definitiva de la existencia de una res cogitans o alma racional, de la cual los animales estaban desprovistos.
Frente a la hegemonía aristotélica y cartesiana, Montaigne ofreció una visión más escéptica en su Apología de Raimundo Sabunde. Cuestionó la arrogancia humana al suponer que los animales no piensan simplemente porque no entendemos su comunicación. Cuando juego con mi gata —dijo—, ¿quién sabe si ella no se está burlando de mí más de lo que yo de ella? Esto recuerda al famoso meme del perro de Pavlov.
EL FAMOSO NO-DEBATE ENTRE SKINNER Y CHOMSKY
Chomsky, influenciado por la idea del lenguaje como actividad de Humboldt que derivaría en la idea del innatismo, quiso indicar los errores de Skinner en su tesis La conducta verbal, quien ni se molestó en responder aduciendo que Chomsky ni siquiera había leído su obra. El pensamiento Skineriano entiende al lenguaje no como una capacidad mental innata (al contrario de lo planteado por Chomsky), sino como un comportamiento operante aprendido. En su obra Conducta Verbal (1957), plantea que el lenguaje se adquiere y mantiene mediante las mismas leyes del condicionamiento que cualquier otra conducta física: a través de refuerzos sociales proporcionados por un oyente.
Skinner prioriza la función del habla sobre su estructura gramatical. Propone "operantes verbales" como el mando (petición motivada por una necesidad) y el tacto (identificación de estímulos ambientales), donde el contexto y las consecuencias moldean la comunicación del organismo. Aunque creía que las leyes del aprendizaje son las mismas para todos los organismos, consideraba que la comunicación humana es más compleja debido al entorno social. Rechazaba la idea de que los humanos nacemos con un "módulo de lenguaje" único como quería Chomsky. Para Skinner, no es una facultad mental, sino una habilidad motora y social. Lo que hace que la comunicación humana parezca diferente no es el cerebro del individuo, sino la complejidad del grupo social.
Skinner llegó a entrenar palomas para que se "comunicaran" entre sí intercambiando tarjetas con mensajes para obtener comida, demostrando que los principios de la Conducta Verbal podían replicarse en otras especies si el ambiente se diseñaba correctamente. Chomsky recibió crédito y éxito popular, pero no fue más allá de su postulado de la Gramática Universal (GU) basado en argumentos de la "pobreza del estímulo" y la naturaleza recursiva del lenguaje.
El problema de la doble articulación
Para comprender por qué el lenguaje humano se considera diferente, debemos analizar su organización interna. André Martinet propuso en 1949 el principio de la "doble articulación", que identifica como el rasgo definitorio de las lenguas naturales frente a otros sistemas de comunicación.
La primera articulación consiste en la descomposición de cualquier mensaje en unidades mínimas dotadas de significado, denominadas monemas (o morfemas y lexemas). Por ejemplo, en la frase "los perros corren", cada unidad tiene una carga semántica específica que puede reutilizarse en otros contextos. La segunda articulación se refiere a que cada uno de estos monemas está compuesto, a su vez, por unidades mínimas sin significado pero con valor distintivo: los fonemas. Esta estructura dual permite una "economía lingüística" extraordinaria: con un inventario pequeño de fonemas (entre 20 y 40 en la mayoría de las lenguas), el ser humano puede construir miles de monemas y, mediante reglas sintácticas, un número infinito de mensajes. Si bien los animales pueden emitir sonidos con significado (primera articulación), no poseen un sistema que descomponga esos sonidos en unidades distintivas menores (segunda articulación), lo que limita su capacidad expresiva a un repertorio fijo de señales. Sin embargos, algunos estudios apuntan en otra dirección (véase en este link “La secuencia de las Tetas…”).
Karl von Frisch recibió el Premio Nobel por descifrar la "danza del meneo" de las abejas jorobadoras (Apis mellifera). A través de una serie de movimientos en forma de ocho, una abeja exploradora es capaz de comunicar a sus compañeras la distancia exacta, la dirección (respecto al sol) y la calidad de una fuente de alimento situada a kilómetros. Este sistema presenta desplazamiento: la abeja informa sobre algo que no está presente en la colmena. No obstante, es un sistema cerrado; no pueden inventar nuevas danzas para comunicar otros peligros o necesidades, ni pueden hablar sobre "danzas pasadas".
Las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) poseen uno de los sistemas de comunicación más complejos. Sus cantos están organizados jerárquicamente en temas, frases y subfrases que se repiten en ciclos. Poseen una estructura de "mundo pequeño" similar a la sintaxis humana, donde ciertos sonidos funcionan como núcleos de alta conectividad. Además, se transmiten culturalmente; grupos enteros de ballenas adoptan el "hit" musical de la temporada, incorporando innovaciones de otros individuos, lo que demuestra una capacidad de aprendizaje social y una estructura paralingüística.
Lenguaje en grandes simios
En la década del 80, los investigadores Seyfarth, Cheney y Marler demostraron que los monos verdes (Chlorocebus pygerythrus) poseen señales de alarma con "referencia funcional". Emiten llamadas acústicamente distintas para depredadores diferentes: una para leopardos (que hace que el grupo suba a los árboles), otra para águilas (que hace que miren hacia arriba y se escondan en arbustos) y otra para serpientes (que hace que se pongan de pie y vigilen el suelo). Aunque estas señales tienen semanticidad, carecen de sintaxis; los monos no pueden combinar la llamada de "leopardo" con otra señal para decir "no hay leopardo" o "el leopardo de ayer".
Allen y Beatrix Gardner criaron a la chimpancé Washoe en un entorno humanizado, comunicándose exclusivamente mediante la Lengua de Signos Americana (ASL). Washoe logró adquirir unos 132 signos y fue capaz de combinarlos de forma creativa. Por ejemplo, al ver un cisne por primera vez, combinó los signos de "agua" y "pájaro" para referirse a él. Sin embargo, críticos como Herbert Terrace, tras estudiar a otro chimpancé llamado Nim Chimpsky, argumentaron que estas combinaciones eran imitaciones sutiles de los entrenadores y que los simios carecían de una verdadera estructura gramatical.
La primatóloga Penny Patterson junto a Koko y su mascota. |
La gorila Koko, bajo la tutela de Penny Patterson, mostró una capacidad para el uso de signos, llegando a manejar un vocabulario de más de 1.000 términos. Se reportó que Koko expresaba sentimientos complejos; tras la muerte de su gato mascota, utilizó signos para decir "triste", "llorar" y "malo", lo que sugería una capacidad de desplazamiento emocional y autoconsciencia. No obstante, el debate científico persiste sobre si estas expresiones eran interpretaciones antropomórficas de los investigadores o una verdadera comunicación de estados internos. El caso Koko ha sido fuertemente criticado en la literatura científica por la falta de rigor experimental y la dependencia de la interpretación subjetiva de la investigadora Penny Patterson (efecto Clever Hans).
A pesar de estos éxitos, el consenso lingüístico liderado por Noam Chomsky sostuvo que estos animales alcanzan, en el mejor de los casos, la competencia lingüística de un niño de dos años, y que carecen de la capacidad de recursividad infinita que caracteriza a la gramática humana. El estudio de casos como el de Kanzi demuestra que las semillas de la gramática están presentes en el cerebro de los primates, aunque sea el cerebro humano el único que posee el "hardware" necesario para llevar esas semillas a la productividad infinita. Sien embargo, humanos criados en soledad o por animales, no hablaban ni entendían lo que se les decía al ser encontrados, lo que articula con la teoría de Skinner: sin refuerzo no hay lenguaje.
Por eso, desde las ciencias cognitivas, el lenguaje humano es fruto de la interacción entre mecanismos biológicos, aprendizaje y organización cerebral, sin depender de centros aislados como los postulados clásicos de Broca y Wernicke. La evidencia actual muestra que una red distribuida en áreas frontales, temporales y parietales, coordinada con sistemas perceptivos, motores y cognitivos, permite transformar representaciones internas en palabras y generar significado. Este enfoque revela que el lenguaje es un proceso dinámico, donde especialización neuronal y plasticidad se combinan para la adquisición, procesamiento y producción lingüística.
¿Y si Skinner tenía razón?
La escritura constituye una invención “cultural” que requiere enseñanza sistemática y práctica para su dominio, lo heredado no es un conjunto de reglas gramaticales específicas, sino más bien sesgos cognitivos generales que guían el aprendizaje. La hipótesis innatista carece de viabilidad evolutiva: el lenguaje cambia con demasiada rapidez como para que sus supuestas regularidades arbitrarias se hayan fijado genéticamente. Desde esta perspectiva, el lenguaje evolucionó culturalmente para ajustarse a las limitaciones y predisposiciones generales del cerebro humano, y no al contrario, lo cual explicaría la notable eficacia con la que los niños adquieren su lengua materna.
Adicionalmente, Turker et al. (2023) mostraron resultados que señalan que distintos componentes del lenguaje (p. ej., la semántica, la sintaxis o la fonología) activan patrones parcialmente diferenciados dentro de esta arquitectura distribuida, involucrando no sólo el núcleo frontotemporal, sino también regiones parietales, subcorticales y cerebelosas. Esta red funciona igual sin importar la modalidad y opera tanto en comprensión como en producción; es decir, las mismas áreas frontotemporales se activan al escuchar, leer o producir el lenguaje hablado y escrito, lo que invalida la separación clásica entre áreas de comprensión y áreas de producción. Además, esta red es altamente selectiva porque responde de manera robusta a palabras y oraciones, pero apenas muestra actividad ante música, matemáticas, razonamiento lógico o tareas cognitivas exigentes.
Aunque coordinada con otros sistemas cerebrales, esta red se mantiene funcionalmente diferenciada de ellos. Las áreas encargadas de la percepción del habla, por ejemplo, se encuentran en la corteza temporal superior y procesan exclusivamente las propiedades acústicas de la señal, independientemente de si tiene o no significado. De forma similar, las áreas responsables de la articulación planifican y ejecutan movimientos, pero no representan significados ni estructuras lingüísticas. Además, la lectura también depende de un sistema perceptivo especializado denominado área visual de la forma de las palabras en la corteza occipitotemporal izquierda, que responde a la forma visual de las palabras, pero no a su significado (McCandliss et al., 2003). Todos ellos son sistemas perceptivos y motores que se alimentan y reciben información de la red del lenguaje, pero no forman parte de ella.
El procesamiento lingüístico no termina en la red lingüística, sino que depende de su interacción con sistemas cognitivos de orden superior, como la red por defecto o la red de la teoría de la mente. Al leer una frase como “Lucía llegó tarde al aeropuerto y al ver la pantalla empezó a correr”, la red lingüística procesa las palabras, pero la red por defecto integra el contexto, activa el conocimiento sobre cómo funcionan los aeropuertos y permite inferir que Lucía teme perder su vuelo. Como se puede apreciar, estas redes integran el contenido lingüístico con el conocimiento previo, las inferencias sociales y la coherencia global del discurso.
El estudio del lenguaje trasciende la simple catalogación de palabras, revelándose como una compleja intersección de biología, cognición y cultura. Aunque la perspectiva chomskiana del innatismo y la recursividad mantiene su relevancia al definir la singularidad de la gramática humana, la evidencia etológica (como Kanzi) y los avances en neurociencia y modelos computacionales (como los LLMs) sugieren que la frontera entre el lenguaje humano y otros sistemas de comunicación es menos una muralla y más un gradiente. La capacidad de simbolización, la doble articulación y la productividad infinita siguen siendo características definitorias, pero el papel crucial del aprendizaje social y el refuerzo, como postulaba Skinner, no puede ser ignorado. El lenguaje se consolida como una de las funciones cognitivas más distribuidas y dinámicas del cerebro, emergiendo de la orquestación de redes especializadas que interactúan constantemente con sistemas de orden superior para dar sentido al mundo. Así, la búsqueda de su naturaleza última nos obliga a integrar múltiples disciplinas, reconociendo que la precisión de nuestra comunicación reside no sólo en las palabras que usamos, sino en la compleja maquinaria biológica y social que las genera.
Referencias Bibliográficas
